Mitos y leyendas
Leyenda de Perú: El puente del demonio
En el pueblecito de Combapata se celebraba el día del su patrón, San Nicolás. Desde la víspera, se hallaban profusamente engalanadas todas las casas, y un contagioso y alegre aire de fiesta sacaba de sus casillas a toda la gente de los alrededores.
De la inmediata población de Tinta, todos los vecinos se habían trasladado a Combapata. Y al frente de la piadosa y bullente romería, habían llevado una imagen de San Bartolomé, el gran santo del alfanje.
Confundida entre la multitud, y más por diversión que por devoción, había acudido a Combapata cierta dama que en Tinta tenía escandalizadas a las personas de bien. Sus convecinos, más que por los hechizos de su innegable hermosura, estaban en cuidado por las artes mágicas que le atribuían. Las madres de familia, especialmente, vivían, por culpa de ella, en una eterna pesadilla.
A tanto había llegado el escándalo de la peligrosa dama, que el cura de almas de Tinta, un bendito de Dios incapaz de matar una mosca, se había visto precisado a fulminar contra ella una rigurosa excomunión. En la puerta de la iglesia, una mañana de las dominicas de Adviento, había aparecido el año anterior el terrible edicto: “sepan todos mis buenos feligreses cómo queda públicamente excomulgada la sacrílega Nicolasa Padilla y Fuentes, y asimismo toda otra persona que, sin miramiento por su dignidad, hablare o tratase con ella, excomulgada sea, y así manténgase esta mi excomunión hasta el día en que contrita se arrepienta de su mal vivir, y de público reparo de los daños y escándalos que en este nuestro pueblo ha hecho”.
Durante muchos días, no se había hablado en todas las casas de otra cosa. Todo el mundo esperaba que, con tan grave sentencia y el desvío de todo el vecindario, la pecadora haría examen de conciencia, y se determinaria, con sincero arrepentimiento, a cambiar de vida. Todos los castigos, amenazas y desprecios resultan, sin embargo, inútiles. Más bien, por el contrario, durante una temporada, se había llegado a decir que, nada menos que el propio señor corregidor, don Francisco de Carbajal, correo mayor del Reino, la protegía y andaba de picos pardos con ella.
Con el tiempo transcurrido, los temores que al principio había despertado la excomunión, se habían ido desvaneciendo, y doña Nicolasa había seguido haciendo su vida sin mayores estorbos. Ya hemos visto cómo aquel año, que era el 1653, según la tradición, había acudido a Combapata, como una de tantas mujeres de Tinta, a solazarse en la fiesta de San Nicolás.
Transcurrió el día de festejo en festejo, sin un instante de descanso ni de aburrimiento. Tanta fue la diversión y general alegría, que doña Nicolasa perdió la noción del paso del tiempo. La mayoría de sus convecinos regresaron a Tinta a la caída de la tarde, y ella sólo se acordó de la necesidad de emprender el regreso cuando llegó la noche con toda su oscuridad.
Un poco medrosa, inició la vuelta por el estrecho camino con la esperanza de hallar algún grupo de romeros, a que incorporarse. Sin embargo, los minutos pasaban y, por más que aguzaba su oído, no percibía el menor rumor de voces ni de pasos. Ya vacilaba entre echarse a correr para llegar cuanto antes a Tinta, o regresar para pasar la noche en Combapata, cuando se le acercó, casi de improviso, un caballero que se ofreció para servirle de acompañante. Nicolasa aceptó la compañía y prosiguió ya más tranquila. Hablando de la fiesta, el camino, aunque era el de regreso, se pasaba casi sin darse cuenta. Salió la luna, y Nicolasa se sintió aún más animosa. Con la claridad, pudo ver mejor al caballero. Su figura era esbelta y fina y sus ademanes correctos. Lo cubría casi por completo una amplia capa roja, y un espolón dorado lanzaba sus relumbres por debajo de ésta.
Charlando y andando, llegaron al hermoso puente de piedra que entonces existía sobre el río Vilcanota, que corre por la quebrada. Al cruzarlo, Nicolasa, que iba distraída con la conversación del caballero, dio un tremendo tropezón, y a punto de caerse, invocó a Jesús y María. Sobrevino entonces, un fuerte estremecimiento y el puente de desplomó con gran estrépito de piedras y escombros.
Nicolasa se salvó milagrosamente. Sana y sola se encontraba en la margen izquierda del río y se disponía a terminar su recorrido sin su acompañante, que había desaparecido, cuando quedó sobrecogida con la presencia de un ángel.
Oye -le dijo el celeste mensajero-, ese hombre que te acompañaba era el diablo en persona. Así como estás, con tu faldellín de seda y tus zapatitos de raso, te iba a llevar en su compañía al infierno. Te has salvado porque invocaste a la Virgen y a su Divino Hijo, y la Madre de pecadores ha intercedido en tu favor. Tienes, piénsalo bien, un plazo para tu arrepentimiento y enmienda. No lo desaproveches.
Dicho esto, el ángel desapareció. Nicolasa turbada, sintió como si dentro de sí saliese también la luna. Una luz purísima iluminó su conciencia y se le presentó toda su vida como un áspero camino de errores. Tan pronto como reaccionó de la impresión de aquel milagro, se encaminó en derechura a la iglesia, donde buscó al Párroco para arrojarse a sus pies. Le confesó todas sus faltas públicas y privadas, le refirió el milagro, y alcanzó la absolución.
Desde entonces, la vida austera y arreglada de la hermosa dama se desarrolló en fuerte contraste con la que había llevado hasta aquel momento.
Como recuerdo de esta historia, se han conservado hasta nuestros tiempos los escombros del memorable puente, que es conocido con el nombre de Sacera-chaca, o Puente del Demonio.
Refiera, por último, la tradición que el caballero de la capa roja se volvió a Combapata envuelto en una nube de azufre.
A pesar del tiempo transcurrido, todavía sigue saliendo por los caminos la noche de San Nicolás, a hacer alguna de las suyas.
Leyenda de México: La llorona
Las versiones del origen de esta mujer son muy variadas, desde antes de la llegada de los españoles se comentaba que era la diosa Cihuacóatl quien aparecía elegantemente vestida y en las noches gritaba y bramaba en el aire, su atuendo era blanco y el cabello lo tenía dispuesto de forma tal que, aparentaba tener cuernos en la frente. Otros aseguraban que era Doña Marina, o sea la Malinche quien, arrepentida de traicionar a los de su raza regresaba a penar.
Con la conquista estas versiones sufrieron ciertas modificaciones alegándose que era una joven enamorada que había muerto un día antes de casarse y traía al novio la corona de rosas que nunca llegó a ceñirse; otras veces era la viuda que venía a llorarle a sus hijos huérfanos, o la esposa muerta en ausencia del marido a quien venía a darle el beso de despedida; o la desafortunada mujer vilmente asesinada por el celoso marido apareciéndose para lamentar su triste fin y confesar su inocencia.
Sea cual fuere su origen se dice que en tiempos de la colonia, a mediados del siglo XVI los habitantes de la Ciudad de México se retiraban a sus casas sonando el toque de queda dado por las campanas de la primera catedral, a media noche y principalmente cuando había luna llena despertaban espantados al oír en la calle unos tristes y lánguidos gemidos lanzados al viento por una mujer.
Las primeras noches, los vecinos sólo se santiguaban argumentando que los lamentos eran de una ánima del otro mundo, pero la situación fue tan insistente que la gente más despreocupada o atrevida salía a cerciorarse que era aquello, primero lo hicieron desde las puertas o ventanas, después algunos se animaron a salir y lograron ver a quien lanzaba tan lastimeros gemidos.
La mujer que vestía una ropa blanquísima y se cubría el rostro con un velo, avanzaba con lentos pasos recorriendo las calles de la ciudad sin faltar una sóla a la plaza mayor donde, viendo hacia el oriente e hincada daba el último y languidísimo lamento, una vez puesta en pie, continuaba con paso lento y pausado hasta llegar a la orilla del lago donde desaparecía.
Leyenda de Rusia: El vampiro
En una pequeña alquería rusa del gobierno de Tambof vivía un campesino. Teniendo que vender su ganado, había ido a la feria de un pueblo próximo. Se le hizo tarde para volver a su casa y, ya muy entrada la noche, emprendió el camino de su aldea. Pasaba con miedo por la puerta del cementerio, cuando el reloj daba las doce de la noche. A los pocos pasos se sobresaltó oyendo correr detrás de él, mientras le gritaban:
¡ Espérame, que iremos juntos !
Temblando, volvió la cabeza y vio que le alcanzaba un hombre desconocido, de mal aspecto, vestido con una camisa roja. Juntos siguieron en silencio el camino y entraron en la aldea, sin atreverse el labriego a separarse de él. El desconocido se iba arrimando a todas las casas del pueblo, y decía: " ¡ Cerrada ! "
Extrañado el labrador, porque veía algunas puertas abiertas, cayó en la cuenta de que decía “cerradas” por haber una cruz pintada en las mismas. Y así recorrió, una tras otra, todas las puertas de la aldea, hasta que llegaron a una que no tenía cruz, y a pesar de sus grandes candados, dijo el hombre:
Por fin encuentro una abierta.
Se acercó a ella, y como por arte de magia las puertas se abrieron y el hombre se deslizó en el interior sin hacer el menor ruido. El campesino le siguió con curiosidad y encontraron a dos hombres profundamente dormidos. El uno era joven y el otro de más edad; parecían padre e hijo. El misterioso personaje buscó por la habitación y encontró una pequeña cuba en el suelo, y, cogiéndola con gesto rápido, dio con ella un golpe en la espalda del joven dormido, haciéndole una herida, de la que salía sangre. Con ansia rara, se lanzó sobre él y estuvo chupándole la sangre hasta dejarle inerte. Se acercó luego al viejo y con increíble ligereza le hirió y sorbió la sangre, y, cogiendo del brazo al aterrado labrador, le hizo salir, diciendo:
Vámonos, que ya amanece.
El campesino que no se atrevía a huir ni a protestar, y, sintiéndose cogido, corría junto al vampiro. En unos momentos estuvieron de vuelta en el cementerio; allí se echó sobre el aldeano, abrazándole con fuerzas para estrangularle. Pero en ese instante cantó el gallo y el espectro desapareció como por encanto. Ya libre, el aldeano, que tan cerca había estado de la muerte, horrorizado, se volvió a su aldea.
El pueblo ya había despertado, y pronto corrió de boca en boca la noticia de la extraña muerte de los dos hombres.
El campesino contó lo que había presenciado, y los vecinos, con sana prudencia, llenaron sus puertas de cruces; y ya nadie se atrevió a pasar por el cementerio, donde los cuerpos de los vampiros nunca se descomponen en sus tumbas, pues con la sangre viva que chupan, su carne se mantiene fresca.
Leyenda de Panamá: Leyenda de la Tulivieja
En los tiempos en que el mundo estaba poblado de espíritus que vivían con las gentes dejándose ver de ellas, uno de estos encarnó en una muchacha hermosísima, orgullo de su pueblo.
Amaba la moza a un joven de su mismo lugar, y fruto de estos amores nació un niño a quien su madre ahogó para ocultar su falta.
Dios castigó en el acto ese pecado tan grande convirtiéndo a su madre desnaturalizada en tulivieja, un monstruo horrendo que tiene por cara un colador de cuyos huecos salen pelos cerdosos y larguísimos. En lugar de manos tiene garras, el cuerpo de gato y patas de caballo.
Condenada a buscar a su hijo hasta la consumación de los siglos, recorre sin cansarse jamás las orillas de los ríos, llamando sin cesar a su niño con un grito agudo parecido al de las aves y sin que nadie le conteste jamás.
A veces recobra su primitiva forma. En la noche en que la luna brilla en el centro de los cielos, se baña en los ríos bella como un sol, pero al más ligero ruido se convierte nuevamente en el ser monstruoso que es, para continuar por el mundo su eterna peregrinación.
Leyenda de la China: La leyenda del laúd
En tiempos de los Reinos Combatientes, en el siglo III a. de J.C., vivía un célebre letrado llamado Yu Chocei. Había nacido en la capital del reino de Tsou, provincia de Hopei; pero vivían en la corte de Tsin, donde desempeñaba un alto cargo en la magistratura. Sus amigos le llamaban Po-Ya.
En una ocasión fue enviado a la corte de Tsou en calidad de embajador. Aprovechó el viaje para visitar las tumbas de sus antepasados y saludar a todos sus parientes, y amigos. El Rey le colmó de regalos, de objetos de oro y brocados, y hasta puso a su disposición un barco, para evitarle el viaje por tierra, siempre penoso y más largo.
Po-Ya embarcó, pues, rodeado de amigos y de altos dignatarios de la corte de Tsou, que habían ido a despedirle. A los pocos días de travesía llegaron a la desembocadura del río Han-Yang. Era a mediados de otoño y la Luna brillaba con un resplandor insólito sobre las montañas. La embarcación, anclada al pie de una de ellas quedaba en sombra. Po-Ya se instaló en la cubierta; mandó a uno de los marineros colocar su laúd sobre la mesa y quemar un poco de incienso. Luego sacó el instrumento de su estuche, lo afinó y empezó a tocar. De repente una de las cuerdas se rompió; era señal de que había en las cercanías algún indiscreto que estaba escuchando. Po-Ya quedó sorprendido. ¿Quién podía ser, en aquel sitio y en aquella hora? Por orden suya, los marineros se disponían a desembarcar para recorrer la orilla, cuando se oyó una voz que venía de tierra. La voz dijo que era un simple leñador que volvía del trabajo, y al oír aquella música maravillosa se había parado a escuchar. Po-Ya se echó a reír; era casi un sacrilegio oír a un leñador pronunciar las palabras “música” y “laúd”. Pero la voz de la orilla se oyó de nuevo y recordó a Po-Ya el viejo proverbio chino: “Cuando hay un sabio en la casa atrae a todos los del exterior”. Si había en aquellos lugares un hombre capaz de tocar con tanta suavidad, ¿cómo podía extreñar que hubiera quien le escuchara?
Si -respondió la voz-; era el lamento de Confucio a la muerte de su discípulo Yen Wei.
Po-Ya no salía de su asombro y, gozoso y animado, mandó que hicieran subir a bordo a aquel leñador.
Cuando subió al puente, los marineros le miraron con desprecio. Pero él, sin darle importancia, dejó sobre la mesa su bastón y su hacha y se sentó sencillamente, sin hacer las protestas que las leyes de la cortesía hubieran exigido en aquel caso. Po-Ya, que estaba decidido a averiguar hasta dónde llegaba su sabiduría, le preguntó si conocía la historia del laúd. El leñador empezó a hablar y le respondió sin una sola falla. Contó cómo Fo-Hsi, el príncipe legendario que descubrió el fuego, vio una vez caer sobre las ramas de un plátano chispas de cinco planetas; otro día vio varias aves fénix columpiándose en sus ramas y comprendió que la madera del plátano contenía la esencia del universo, y, por lo tanto, era la materia ideal para fabricar un instrumento. Mandó entonces talar uno de aquellos árboles y dividirlo en tres trozos: eran el trozo del cielo, el trozo de la tierra y el trozo del hombre. El primero dio un sonido excesivamente claro y ligero; el segundo resultaba demasiado grave. Sólo el del centro, el de la tierra, armonizaba todos los matices, y por eso fue elegido. Se le tuvo sumergido en la corriente de un río setenta y dos días y luego se le dejó secar a la sombra. El príncipe Fo-Hsi esperó a que llegara un día de buen augurio, y entonces encargó al artífice más hábil de la región que convirtiera aquel trozo de madera en un laúd. La talla se hizo según los principios de “la música del lago de Jade”. El instrumento medía, de largo, tres pies, seis pulgadas y un décimo, correspondientes a los 361 grados de la circunferencia celeste. Medía ocho pulgadas de ancho, en un extremo, y cuatro en el otro, en recuerdo de las cuatro estaciones y de las ocho fiestas del año, respectivamente. Su grosor era de dos pulgadas, para simbolizar la dualidad de la Luna y el Sol. Un extremo del laúd se llamó “costados del niño de oro”; el centro recibió el nombre de “costados de la muchacha de jade”, y la voluta del otro extremo, el de “espalda de los inmortales”. Sus cavidades se llamaron “lago del dragón” y “estanque del fénix”. Sus doce teclas simbolizaban las doce lunas del año, y una tecla aislada representaba la luna que se interpolaba en el calendario. Sus cinco cuerdas eran los cinco elementos del universo: agua, fuego, madera, metal y tierra, y correspondían a las cinco notas principales de la escala, llamadas “kung, chang, kiao, tcheu, yo”.
Con este laúd de cinco cuerdas -prosiguió el leñador- el emperador Souen conseguía mantener en paz a su pueblo, tocando la canción del “Viento del Sur”. Luego, cuando el príncipe Wen, del reino de Tcheou, fue hecho prisionero en You-Li, su hijo mayor, Po-Yi-Kao, añadió al laúd una cuerda que cantara su tristeza: fue la llamada “cuerda de Wen”. Más tarde, el príncipe Ou, sucesor suyo, llevó sus tropas contra Tcheou, el tirano, y tuvo que añadir otra cuerda para cantar sus triunfos y su entusiasmo heroico. Desde entonces el laúd de siete cuerdas se llama “laúd de Wen-Ou”. Hay que saber, además, que hay seis cosas nefastas a la música del laúd: el gran frío, el viento fuerte, la lluvia intensa, el trueno y la nieve. Hay siete condiciones en las que está prohibido tocarlo: en caso de duelo, de agitación en la corte, de complicaciones en los negocios, de impureza en el cuerpo, de desorden en el vestido y en aquellos casos en que no se dispone de incienso o no hay un conocedor de la música para escucharla. El instrumento mismo tiene ocho méritos: frescura, soledad, elegancia, lo trágico, la fuerza, el infinito y la profundidad. Cuando sus teclas se pulsan con suavidad, el sonido es tan dulce que los tigres se olvidan de rugir. Su música es la más perfecta y permite expresar hasta las más imperceptibles inclinaciones del corazón. Tanto es así, que cuentan que un día, cuando Yen Wei entró a ver a su maestro Confucio, mientras tocaba el laúd, el discipulo creyó descubrir en su música algo oscuro y lánguido, que parecía provenir de un alma envidiosa y criminal. Yen Wei, perplejo, interrogó al Maestro, y Confucio confesó que acababa de ver un gato persiguiendo a un ratón, y que en el fondo de su alma había deseado el triunfo del felino. Este ligero anhelo suyo había bastado para que la música del laúd reflejara la envidia y el crimen.
Po-Ya no volvía en sí de asombro y de entusiasmo; felicitó a su huésped y propuso hacer una prueba más; él leñador procuraría averiguar en qué estaba pensando.
Tu pensamiento fluye con el río -dijo el leñador.
Entonces su huésped, lleno de respeto, se levantó, le ofreció el puesto de honor y mandó preparar té y vino para ambos.
Durante muchas horas siguieron hablando. Po-Ya supo entonces que su amigo era el único hijo de un matrimonio de leñadores que vivían en el Pueblo de las Gentes Virtuosas; que tenía veintisiete años y que su nombre era Tsong-Wei, aunque todos le llamaban Tseu-Tsi.
Era tal la admiración y la atracción que en aquellas pocas horas habían llegado a sentir el uno por el otro, que Po-Ya le ofreció su amistad; mandó traer otro incensario y, frente a él, los dos hombres se levantaron y, saludando solemnemente al cielo, prestaron juramento de eterna amistad. Luego siguieron charlando y bebiendo hasta la madrugada.
Cuando llegó el momento de levar el ancla, Po-Ya y Tseu-Tsi se despidieron; pero quedó decidido que al año justo de su encuentro, es decir, en el día decimosexto de la octava luna del próximo otoño, Po-Ya volvería a la desembocadura del río a reunirse con su amigo. Antes de desembarcar, Tseu-Tsi tuvo que aceptar como regalo dos lingotes de oro que le ofrecía su amigo.
Los meses fueron pasando lentamente. Al fin, llegó el otoño y Po-Ya pidió permiso al Rey para ausentarse unos días. En la fecha convenida, estaba de nuevo, como hacia un año, esperando a su amigo en la desembocadura del río Han-Yang. Tseu-Tsi no había llegado todavía, y Po-Ya mandó sacar su laúd para entretenerse.
Apenas habían sonado los primeros compases, cuando notó en la segunda cuerda un sonido grave y triste. Se alarmó; era indudable que algo grave había ocurrido a su amigo. Sin perder tiempo, desembarcó y emprendió el camino hacia el Pueblo de las Gentes Virtuosas.
Al llegar a un cruce de caminos no supo qué dirección tomar y se sentó en una piedra del bordillo, esperando a que pasara alguien que pudiera ayudarle. Al poco rato vio acercarse a un anciano que se apoyaba en un bastón de leñador y llevaba en la otra mano un cesto cargado de ofrendas. Po-Ya se levantó y le preguntó si podía indicarle dónde vivía su amigo. Al oírle, los ojos del anciano se llenaron de lágrimas. Tseu-Tsi era su propio hijo. Hacía un año que había conocido a un gran señor de la corte de Tsin, que le había ofrecido, como regalo, dos lingotes de metal de oro. Con ellos, Tseu-Tsi se había comprado libros y había estudiado y leído tanto, que, al fin, no pudiendo resistir el esfuerzo de aquel trabajo, que se añadía al de leñador, había muerto al cabo de algunas lunas.
Al oírle, Po-Ya se echó a llorar y saludó al anciano como se saluda a un padre. Cuando el leñador supo que era el amigo de su hijo, le agradeció, primero, que no tuviera en cuenta las diferencias de fortuna y de rango que había entre ambos y luego le acompañó a la tumba de su hijo. Tseu-Tsi había querido que le enterraran al final del camino, junto al río. “Cumpliré mi promesa -había dicho-; Po-Ya me encontrará, esperándole, el día decimosexto de la octava luna”.
Llegaron a la tumba. Mientras el anciano colocaba sobre la mesita de piedra las ofrendas que llevaba, Po-Ya se sentó sobre sus piernas dobladas, cogió el laúd e improvisó una canción:
“…tu amistad era más preciosa que el oro. Tseu-Tsi, ¿dónde estás? ¿Dónde encontraré entro los horizontes, un amigo de verdad? No quiero volver a pulsar mi laúd; habrá muerto contigo.”
Y Po-Ya se levantó, cogió el instrumento entre sus manos y lo golpeó violentamente contra la mesita de piedra de las ofrendas.
El laúd era de jade y voló, hecho mil pedazos, por el aire.
El canto de un grillo
Permítanme presentarme. Mi nombre es “Jerjes”, dueño y señor de los persas, ¡bueno en algún momento lo fui!, fui sucesor de Darío, rey que participo en la batalla de Maratón, aproximadamente en el año 492 A. de J. C. y fui el principal protagonista de la gran invasión persa a Grecia después de ser derrotados diez años atrás, y permítanme decirles, ¡que fue una de las más grandes batallas jamás presenciada por mis ojos!
Mientras avanzábamos exitosamente en nuestra invasión, después de haber derrotado al rey espartano Leónidas en las costas de Eubea, con uno de los más grandes ejércitos que jamas halla visto el mundo, decidimos dirigirnos hacia Atenas ya que era una de las más codiciadas ciudades de Grecia.
Al tener rodeados a los Atenienses en las costas de la Bahía de Salamina, y gracias a un traidor ateniense de nombre Temintócles, al inicio de la mañana comenzó la gran batalla: Fue tenaz pero nuestra flota no podía moverse en los angostos estrechos, fue ahí donde comencé a escuchar esa voz. Durante nuestro trayecto desde Asia rumbo a Atenas curiosamente en cada momento que tenía para dormir escuchaba una pequeña voz acompañada de un fino pero persistente sonido: Cada noche escuchaba mi nombre y junto con él un conjunto de sonidos, que jamas supe que decían o significaban, pero en mi sueño parecía tener una gran lógica y coherencia para mis oídos.
Mientras nuestras tripulaciones perdían territorio frente a los Atenienses y debido a la gran desconcentración que tenía gracias a esa voz, decidí abandonar mi puesto y dejar a cargo a “Mardonio” con 200,000 soldados, fue ahí donde comenzó todo.
Al ver como mi flota de soldados caían frente a los atenienses y espartanos, desde un risco que gobernaba toda la bahía, comencé a escuchar esa voz de nuevo, pero ahora no solo la escuchaba en mi interior si no que ésta vez parecía venir de otro lugar. En ese momento me olvidé extrañamente de la batalla y guiado por esa voz comencé a bajar por el otro lado de la bahía, al estar en la playa tomé una barcaza y comencé a navegar sin rumbo fijo. No sé que sucedía conmigo, pero no escuchaba otra voz o ruido alguno que no fueran aquellas palabras que daban cita a mi nombre.
Al cabo de unas horas navegando entre la neblina, pareció como si hubiese vuelto a la normalidad y dejé de escuchar la voz, cansado de navegar tomé un descanso y sin darme cuenta me quedé dormido al pie de la vela. Fue entonces cuando apareció: ¡Era tan hermosa! que poniéndome a pensar un poco más, podría decirles que junto a ella ni la diosa de la belleza Adonis tenía comparación. Se sostenía en el aire con un equilibrio musical tan perfecto como la gracia de una ¡bella bailarina al moverse!, y mientras sus cabellos dorados ¡se ondeaban al ritmo del viento marino!, sus ojos azules brillaban con ¡la pureza y luminosidad! parecidas a la de un mar jamás navegado por el ser humano.
Al rededor de ella tenía un destello verdoso claro, ¡tan intenso!, como el mismo sol que me agotó antes de haberme dormido. Me extendió la mano, y al tomarla comencé a volar sobre la barcaza y en unos instantes estabamos al pie de un valle ¡tan verde!, como el mismo paraíso, ¡y tan bello!, como el mismo cielo azul. Se soltó de mi mano y rápidamente se alejó, mientras yo le gritaba:
¡Espera!, ¡espera!, ¿A donde vas?, ¡espera…….!
Ya había oscurecido por completo y después de caminar por el lugar donde me había dejado aquella hermosa mujer, en espera, decidí recostarme y antes de que lograra dormir de nuevo ¡ella apareció!
Empezó a acercarse hacia mi, y cuento más cerca estaba, su destello era menos intenso hasta que dejó de brillar, me sonrió con un gesto bastante amigable y me dijo:
¡Hola Jerjes!
Yo me quedé mudo por unos momentos ante su belleza y sólo tuve palabras para contestarle el saludo. Luego me volvió a tomar de la mano y me dijo:
¿Habías conocido lugar más hermoso?
La miré por unos minutos sin responder y le dije:
¿Quién eres?, ¿cómo te llamas?, ¿por qué me has traído aquí?, - y antes de que la siguiera interrogando colocó su mano en mis labios y me dijo:
Me llamo Ferécides y soy tu mayor ilusión convertida en realidad, soy tu conciencia, tu guardia, tu ciencia perfecta, tu amor anhelado, y te he traído aquí por una sola razón.
¡No comprendo! - le respondí,- ¿A qué te refieres con mi amor anhelado y todo lo que me has mencionado?; - entonces me dijo:
Todo ser humano que halla amado a alguien, lo halla conocido o no, tiene en mente siempre a un ser que a su parecer sería el ser humano como pareja más perfecto sobre éste mundo, es decir, una persona (hombre o mujer ) con el cual compartiría su mayor ilusión o sueño, le haría conocer sus deseos que ha tenido desde el momento en que tuvo uso de razón, su vida se volvería una sola al lado de esa pareja, compartirían las mismas ideas y filosofías que se evocará hacia la idea universal del mundo, y sin dar marcha atrás, ni pensarlo dos veces compartirían la misma vida (amor anhelado o ilusión real).
Pocas personas tienen la sabiduría para saber: ¿Cómo?, ¿dónde?, y ¿porqué? la deben de buscar, el ser humano tiende mucho a cometer el error de caer en la repetida frase “Te amo”, cuando en realidad no se dan cuenta que el amor es algo que va por encima de los niveles y situaciones terrestres, ¡no me refiero a que sea de otro lugar!, si no, a que pierden el sentido de lo trascendental, lo perenne o sempiterno, lo inmortal en cualquier tiempo, y dejan a un lado todo tipo de sapiensa amorosa (ciencia perfecta).
Es entonces cuando tu discernimiento comienza a actuar, y te hace pensar en esa persona en todo momento, te hace pensar, decir, y actuar de una manera apasionada en todas y cada una de tus acciones, porque ahora cada movimiento, cada pensamiento, cada palabra que dices o haces, lo ejecutas pensando en ese ser perfecto, anhelando el momento que estés junto a él o ella para cuidarlo(a) hasta que la muerte los separe, ¡en una pequeña parte!, porque trascendentalmente jamás se abandonarán (conciencia).
Es en ese momento que decides dar tu vida a cambio de su seguridad, y al decir ¡seguridad!, no me refiero al algo físico, si no a su seguridad inmutable, que es la que comprende entre otras cosas al corazón y el alma. Recuerda, mientras tu seguridad del alma esté en perfecto estado y tranquila, curiosamente las cosas externas a tu corazón se irán dando igual de seguras y perfectas, porque si tu alma está contenta, contagiará esa alegría a tu cuerpo, y todas tus acciones las harás más perfectas, ¡Porque al alma nunca le debes de hacer alguna acción o pensamiento perfídio!, porque jamás podrás enmendar tu traición (guardia).
Escuchando esas palabras de sabiduría y esa manera tan hermosa y exacta para hablar del amor, raramente me perdí en mis pensamientos y empecé a imaginarme la silueta de una mujer, ¡la mujer más bella que nunca conocí realmente bien!. Su nombre era Tesália, la conocí mientras estuve en mi entrenamiento como soldado en Asia menor para las tropas del comandante Milciades, solo que yo estuve con su ejercito después de la penosa derrota en la batalla de Maratón, y fue ahí donde me convertí en sucesor de Darío en el año 480 A. de J.C.
¡Ella!, era una de las esclavas que nos alimentaba al final de cada entrenamiento. Mientras todos comían, yo me dirigía hacia ella para darle mi plato, cuando repentinamente resbalo tirando el resto de los platos que tenía, al suelo. Al caer, todo el mundo comenzó a reírse de ella y antes de que yo me pudiera acercar para ayudarle, ya estaba frente a mi el capataz, dándole unos cuantos latigazos por su insignificante error. Molesto por aquella actitud tan cruel me lancé como una fiera hacia aquel hombre y sin darme cuenta de mi osadía, es decir, ¡de que estaba golpeando a un superior!, me tomaron por la espalda un par de soldados, y encadenándome me llevaron frente a Milciades que en esos momentos se encontraba dentro de los campos donde nos enseñaban y alistaban para odiar y matar sin piedad.
¡Con que tu eres aquel soldado, diría yo, “fiera”!, me dijo con tono de burla, ¿sabes?, nunca había visto a alguien pelear y desatar su ira tan rápido como tu, ¿cómo te llamas?,
Y mientras lo miraba con la mayor seriedad posible respondí:
¡Jerjes!
¡Ah si!, ya me han comentado de ti, y ten por enterado que tienes mucha gente de tu lado muchacho
¡Suéltenlo!, gritó alzando su mano, y moviéndola hacia mi indicándome que me acercara
“Jamas tolero este tipo de indisciplina”, pero por ésta vez te dejaré sin castigo alguno, ahora vuelve a tus obligaciones.
En esos momentos no dije nada, pero mi mente irradiante blasfemaba en contra de aquel individuo, ya a unos metros de distancia de él, me gritó:
¡Jerjes, no vuelvas a perder tu tiempo ayudando a esclavas!.
Después de aquel comentario al girar de nuevo mi cabeza en dirección al camino que llevaba en paso, se acercó a mi la esclava a la que había ayudado.
¡Gracias por haberme ayudado!, - dijo, y fue cuando la miré con detenimiento, en sus ojos, había una pureza que jamás, y óiganme bien, ¡jamás! había visto. Era una muchacha de cuerpo esbelto, cabello café claro, ojos color miel, y con una facciones tan delicadas y bien delineadas que hacían de ella una mujer hermosa. Quizá al escuchar esto se preguntarán ¿por qué? siendo una mujer tan hermosa, como yo la describo, solo yo me daba cuenta de aquella belleza. Pues bien, al mirar a una persona sucia, sin arreglo alguno debido a su pobreza, en realidad ¡ni yo le ponía atención!, pero a pesar de que en ese lugar me enseñaron poder, odio, y frialdad, nunca estuve de acuerdo con ver, ni mucho menos maltratar a una persona indefensa, y de no a ver sido por aquel incidente lo más seguro sería que no me hubiera dado cuenta.
Al mirarla a los ojos me quedé callado por un pequeño momento, cuando volví a escuchar:
¡Gracias te he dicho!, - y sin dejar que transcurrieran más tiempo le dije:
¡Me llamo Jerjes!, ¡puedes llamarme Jerjes!,
¡Hola, yo me llamo Tesália!, - dijo. Fue ahí donde comenzó un amor que sin darme cuenta hasta ahora yo no supe valorar.
Al paso del tiempo, después de terminar con un entrenamiento siempre buscaba a Tesália y nos íbamos a un rincón del patio para platicar y conocernos un poco más, terminando así en su ventana a la luz de la luna. Así, nuestra amistad llego a fortaleserce, con ella aprendí a darlo todo sin esperar nada a cambio, aprendí que vale más una sonrisa sincera que mil caricias y besos de supuesto amor falso, que en momentos de los cuales yo me sentía afligido, bastaba con que ella estuviera a mi lado y me consolara con un abrazo para saber que yo no estaba perdido, y aprendí que en ésta vida hay que saber ser soñador para así con mis ilusiones y sueños poder soportar los malos momentos que la vida te juega como ser humano, claro está, ayudado por el amor interno.
Se empezó a volver una parte tan importante en mi vida que llegó el momento en que ya no podía observar el sol de cada día sin antes ver su rostro primero, así que tome la decisión de ofrecerle su libertad junto con mi vida eterna. Pero fue ahí donde todo perdió sentido, yo terminé mi curso militar, y al ser uno de los más destacados comandantes en estrategias militares y de guerra, subí al poder y me convertí en sucesor de Darío.
Comencé a olvidar todo lo que ella me había enseñado, y empecé a envenenarme con el dulce pero traidor sabor del poder y la riqueza, siempre que obtenía una tierra nueva buscaba otra para conquistar y jamás me detenía, sabiendo de por medio que para obtener algunas tierras tendría que haber una guerra. Aun así ella me seguía buscando, negándose a la dolorosa verdad de lo que me estaba sucediendo, pero realmente era difícil que se acercara a mi, ¡imaginen!, siendo yo el rey y señor de Asia y unas cuantas ciudades aledañas y teniendo a mi disposición a miles de fieles ciudadanos persas, era imposible que aunque yo hubiera querido, la hubiera visto.
El tiempo transcurrió desgraciadamente y mientras más tiempo pasaba, yo pocos recuerdos iba teniendo de ella, hasta que llegó el momento que la olvidé junto con esos hermosos recuerdos; hasta ahora.
¡Realmente la extrañas!, ¿verdad?, - dijo mirándome fijamente Ferécides,
¿cómo supiste de ella?, - le respondí con un gesto de asombro.
Recuerda que te he dicho que yo soy tu mayor ilusión convertida en realidad, tu amor anhelado, y estoy y existo gracias a ti,
Pero en realidad no entiendo, ¿qué eres realmente? y ¿cómo pudiste entrar en mis pensamientos?, - le dije de nuevo, sintiendo como se repetían las mismas cuestiones en mi mente.
¡En realidad yo soy todo lo que tu has recordado en tus pensamientos de ella!, yo jamás hubiera existido si no hubiese sido por el amor que le tienes todavía a Tesália, y ese es el motivo por el cual estás aquí conmigo: ¡Para recordarte que todavía hay amor dentro de ti hacia esa persona!, y solo tu podrás recordar esos momentos si realmente quieres y lo deseas. No pienses que al estar aquí conmigo y al escuchar todo lo que te he dicho del amor, yo te halla hecho recordar a Tesália, porque en realidad, todo lo que yo te he mencionado antes ha sido producto de tu mente, todo lo que yo sé del amor, en algún momento tu lo aprendiste al lado de ella, y ahora estoy aquí para hacer que renazca.
“Fue cuando me di cuenta de todo lo que el ser humano pierde mientras vive”, siempre estamos pensando en lo que vamos a hacer mañana, en todo lo que nos falta por superar para llegar a nuestro objetivo final, cuando en realidad jamás nos hemos puesto a pensar que quizá las cosas algunas veces no nos salen bien porque simplemente no las hacemos con amor, porque nuestra alma no está en perfecto estado y tranquila. ¡Porque nos hace falta tener un Guardia!
Sin pensarlo dos veces le dije:
¡Pues bien!, que más necesito saber, estoy ansioso por regresar y ver de nuevo a Tesália, para decirle lo mucho que lamento todo este tiempo desperdiciado.
¡No es tan fácil desgraciadamente Jerjes!, - me respondió Ferécides. ¡Mira donde estas!
Fue cuando me di cuenta que todo este tiempo había estado flotando sobre mi barcaza y sobre ¡mi cuerpo!
¡No, no!, - comencé a gritar angustiado. Estaba muerto, ¡muerto!
¡Lo lamento Jerjes!, en realidad tu habías muerto desde la batalla, pero yo te coloque en ese risco que dominaba toda la bahía, y el resto tu ya lo sabes.
¡Pero ahora como le diré todo lo que sé a Tesália!, ¡no puedo callar todo este amor!, - respondí triste y desanimado, ahora sólo quisiera estar posado en su ventana a la luz de la luna platicando con ella, como solía hacerlo antes de que la perdiera.
¿Realmente quisieras estar platicando con ella él tiempo eterno?, - me pregunto Ferécides con un gesto de gran interés.
¡Pues claro!, - le respondí.
En ese momento, Ferécides colocó su mano en mi rostro, cerró los ojos y empezó a brillar con aquella hermosa luz verdosa, cada vez más intenso, hasta que mis ojos ya no aguantáron y tuve que cerrarlos. Al dejar de sentir el destello, los abrí y sorprendido, ¡estaba en aquella ventana que solo existía en mis recuerdos!, al mirar dentro de la habitación ¡ahí estaba tan hermosa y delicada!, recostada en su cama, no resistí la emoción y comencé a gritar:
¡Tesália!, ¡Tesália!
En ese momento se levanto y se dirigió a la ventana, pero, parecía que no me veía, entonces volví a pronunciar su nombre, y al inclinar su rostro, extendió su mano y me colocó sobre su palma, fue cuando me di cuenta. ¡Por Zeus!, ¿qué ha sucedido?, era un insecto, ¡me había convertido en un grillo!, ¡mi voz!, ¿qué pasa con mi voz?, ¿qué es ese molesto sonido?, sin querer todo lo que pensaba provocaba aquel sonido fino y persistente.
A partir de aquel momento siempre espero la noche para cantar todos mis pensamientos a la luz de la luna a mi amada, con la esperanza de que algún día me entienda y comprenda “mis cantos de amor”. Es por eso que cada noche en algún lugar del obscuro y tranquilo mundo siempre escucharás cantos de un grillo macho a la luz de la luna.